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A partir de 1964, sacerdotes y religiosos empiezan a vincularse a los Focolares en España.
«Era el 3 de abril de 1954 y (…) me acababa de ordenar. (…) me dije: “Ahora comprendo qué quiere decir ser sacerdote: tener una presencia nueva de Jesús en el corazón”». Son palabras de Pascual Foresi, primer focolarino sacerdote, que había conocido pocos años antes a Chiara Lubich. Muy pronto también sacerdotes diocesanos sintieron la llamada a seguir a Dios en este camino, quedando plenamente ligados a sus diócesis. Así como hay religiosos y religiosas que, permaneciendo tales (es más, descubriendo más profundamente el carisma de su fundador), sienten la llamada a vivir el carisma de la unidad. Se trata de revivir la vida de Jesús para tender cada vez más al “no soy yo quien vive, sino Cristo en mí”, en función del testamento de Jesús: “Padre, que todos sean uno, como yo en ti y tú en mí” (Jn 17, 21).
Chiara Lubich regaló a un sacerdote turinés, Silvano Cola, un tapiz que representaba a Jesús lavando los pies a los apóstoles: nacía así en Roma el primer focolar sacerdotal, pequeña comunidad similar a lo que poco después propondría el decreto Presbyterorum ordinis del Concilio Vaticano II. Y por el testimonio de obispos, sacerdotes y religiosos nacían comunidades vivas en las que resplandece la Iglesia-comunión, tal como décadas después sugerirá Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte.
Ya en las mariápolis de los años 50 participó algún sacerdote español que estudiaba en Roma, pero fue en los años 60 cuando empezaron a vincularse al Movimiento en España. Así lo recuerda José Varas: «Corría el año 1964. Llevaba yo diez años de vida sacerdotal y los focolarinos vinieron a vivir al barrio de mi parroquia. Fui a conocerlos por orden del párroco. La vida en común del grupo, todo él juvenil, me sorprendió. Había alegría, sencillez, vida de familia. Aspiraban a la santidad juntos, cosa nueva para mí en jóvenes seglares, Jesús vivía entre ellos y lo amaban. Y me enseñaron a amar concretamente a Dios en el prójimo. “Dios es Amor y el que ama está en Dios, esto hace que cada momento sea una novedad”. Yo lo sabía, pero no lo vivía, no lo gustaba. Otro sacerdote, religioso que trabajaba con los scouts, tuvo la misma experiencia, e igualmente un padre agustino, Manolo Morales. El mismo descubrimiento nos apiñó y la relación fraterna nos hizo experimentar que Jesús en medio de dos o más, reunidos en su nombre era verdadera».
El sacerdocio mariano, el primado del amor, dejó huella en ellos y en su ministerio. «Aspecto “real” del sacerdocio –afirma Silvano Cola– del que es modelo María, la Virgen plenamente hecha de Palabra de Dios, la Madre que ha criado a Jesús (…) Estábamos ante un carisma que nos indicaba el camino para engendrar (…) a Jesús en medio de nosotros. Y comprendí por qué la Iglesia había dado a la estructura que sustenta este carisma el nombre de Obra de María. Pero fue sólo más adelante, en 1960, cuando nos miramos mutuamente y dijimos: ¡también nosotros podemos amarnos recíprocamente, dispuestos a dar la vida el uno por el otro, y merecer así la presencia de Jesús que él mismo ha prometido!». Precisamente Silvano Cola vino a España a las mariápolis de mitad de los 60.