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También yo estaba en el Titanic

Juanfran Restello

Todos estamos conectados y lo que a uno le ocurre repercute en todos los demás, en lo bueno y en lo malo.
«La capacidad de amar equivale a la capacidad de sufrir, y sufrir juntos», esta frase del papa Ratzinger que Marcelo había leído en precario equilibrio en un autobús abarrotado, le estuvo rondando la mente durante toda la mañana en el trabajo, porque intuía en ella algo verdadero. A la hora de comer, mientras se terminaba el bocadillo paseando por los alrededores de la oficina, siguió reflexionando con más calma. Y entonces se acordó de cuando, años atrás, el haber elegido a Dios le había supuesto salir de su aislamiento y encontrar una familia bien grande, la Iglesia, con toda la humanidad ante él. En aquel entonces fue muy emocionante darse cuenta de que formaba parte de algo que abraza cielo y tierra, pasado, presente y futuro; un cuerpo en el que no hay miembros aislados y desperdigados, sino todos uno en Cristo, y que lo que le ocurre a un miembro, sea bueno o malo, repercute en todos los demás. Un principio que había estudiado en física, el de los vasos comunicantes, según el cual el líquido que se introduce en uno de los vasos eleva el nivel de los demás, explica muy bien esa verdad, que Pío XII había puesto de relieve en la encíclica Mystici Corporis en 1943. Ese mismo año nació el Movimiento de los Focolares, y el carisma de la unidad le parecía a Marcelo una buena ayuda para vivir su pertenencia al cuerpo místico de Cristo. Esa «capacidad de amar» que «equivale a la capacidad de sufrir, y sufrir juntos» a Marcelo lo hacía identificarse no sólo con la gente que se cruzaba, sino también con aquellos de los que tenía alguna noticia, estuviesen vivos o no. A veces captaba en una novela, en una obra de arte o en una película algo de la belleza y la verdad de Dios, del don que una u otra persona suponían para la humanidad. Y al mismo tiempo, ciertas tragedias, incluso las del pasado, le suscitaban el deseo imperioso de ayudar. Pero ¿cómo? Un día tuvo la ocasión de hablar a fondo de este asunto con el padre Felipe, un docto carmelita amigo suyo, al que fue a visitar a su convento. Conversaron mientras paseaban solos, con el rumor de la fontana del claustro de fondo. «Cuando me convertí –le dijo Marcelo– era un estudiante de secundaria con pocos amigos y más bien introvertido. El ideal de la unidad me desbloqueó y así empecé un recorrido interior en el que Dios ya no era una vana entidad, sino una persona con la que me relacionaba, por eso tenía ganas de rezar. Y esa oración no eran sólo fórmulas y ruegos personales, sino que se iba ampliando a toda la Iglesia y a toda la humanidad. »Experimentar la gracia de la presencia de Jesús en la comunidad me suscitaba sentimientos e intereses nuevos. Por ejemplo, antes no sabía casi nada de la división de la cristiandad, ni del problema ecuménico. Las vicisitudes de otros pueblos o la gran causa de la paz eran cuestiones lejanas ante las que me sentía impotente. Ahora es distinto. Todo me concierne y puedo influir en todo con mi oración y con mi vida (lo de los vasos comunicantes). Con mi entrega de hoy puedo contribuir a un mundo mejor para los que vengan, puedo también hacer algo por aquellos que ya no están en esta tierra y tienen necesidad de purificarse».

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