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Revista agosto - 2009
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Mirador
> El hombre, una frontera
El hombre, una frontera
Julio Márquez
Lo inmensamente grande y lo extremadamente pequeño nos retan a comprender nuestro lugar en el mundo.
Cuando yo era pequeño, a veces me daba la vuelta de golpe para ver si el mundo seguÃa estando ahà cuando no lo miraba. Era un inofensivo juego de niños al que Einstein también jugaba, pero ya de mayor, cuando se preguntaba si la luna seguÃa existiendo cuando nadie la observa. El motivo de hacerse esta pregunta tan extraña tiene que ver con los descubrimientos que se hicieron el siglo pasado sobre el mundo de lo infinitamente pequeño. Si doy un bocado a una manzana, sin duda sentiré que es dura y jugosa. Si levanto la mirada al cielo nocturno, seguro que veré las estrellas y de vez en cuando veré también el rastro luminoso de los satélites que giran alrededor de la tierra, satélites cuyas velocidades y trayectorias están calculadas y se pueden prever con gran precisión. De hecho, desde los tiempos de Galileo y Newton hemos aprendido que las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos en la tierra son las mismas que las que rigen el movimiento de los cuerpos celestes más alejados en el espacio. El mundo macroscópico lo entendemos muy bien: estamos metidos dentro de él, lo manejamos, sus caracterÃsticas nos parecen “normalesâ€. En un gran desafÃo intelectual que ha durado siglos y que continúa todavÃa, la fÃsica ha definido muchas de sus leyes. Entre estas caracterÃsticas, hay dos que son evidentes para todos. La primera es que cada piedra, por ejemplo, es distinta de las demás por su peso, tamaño y densidad, independientemente de que las observemos o no. La segunda es que cada objeto es independiente de los demás, por lo que si cogemos una piedra que está al lado de otra y nos la llevamos, el hecho de que más tarde la sumerjamos en un lago lejos de allÃ, no tiene ninguna consecuencia para la piedra que se quedó en el suelo. Sin estas dos propiedades nuestro mundo serÃa absurdo y nos tomarÃan por locos si defendiéramos que puede funcionar sin ellas. Pues bien, los cientÃficos que estudian el mundo microscópico (llamado cuántico) se ven obligados a pensar como si estuvieran locos, porque el mundo de las partÃculas elementales no respeta esas dos condiciones.
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