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El bocadillo misionero

María Luisa Martín-Orozco Rodríguez

Al terminar el festival, un repaso: habíamos educado en valores, habíamos sido misioneros, habíamos sido una gran familia de la Iglesia doméstica y universal.
La llaman la “ciudad de las orquídeas” porque en su territorio se dan más de 2.500 especies de esta planta. Moyobamba, que debe su nombre a la “meseta circular” sobre la que se asienta, es la capital de la región de San Martín, al norte del Perú. Los expedicionarios españoles, en 1540, la bautizaron con el abigarrado nombre de Santiago de los Ocho Valles de Moyobamba. Bueno, pues esta preciosa ciudad peruana está hermanada con Toledo y, por así decirlo, está bajo la “tutoría religiosa” de esta diócesis, por eso muchas de las actividades misioneras que se llevan a cabo en la diócesis tienen la finalidad de recaudar fondos para enviarlos allí. En Burguillos de Toledo nunca antes habíamos organizado el “bocadillo misionero”. Se nos ocurrió montar un espectáculo en el que intervinieran niños entre 6 y 13 años, y me propuse escogerlos personalmente, no porque fueran estupendos artistas, sino porque cada uno escondía una historia muy particular. Por ejemplo, uno había tenido leucemia dos años antes, otros tenían problemas de coordinación motora… Les propuse escenificar dos canciones del Genrosso: “Mis Manos”, los más pequeños, y “Streetlight”, los mayores. Queríamos expresar con ellas que en la vida atesoramos demasiadas cosas que al final pierden su valor original, que somos sordos y ciegos cuando nos interesa, que vivimos en un mundo en el que nadie mira al que se le cruza salvo por interés… Pero también queríamos transmitir esperanza, porque hay personas que van contracorriente y viven por los demás. Todos estos mensajes se los explicábamos a los padres y abrían los ojos como platos cuando iban descubriéndolos en las coreografías. Hubo chavales de los más mayores que en un principio se mostraron “recelosos” y decían cosas como: “Pero, ¿tú me ves a mí bailando?”. Hasta que lo probaron y se dieron cuenta de que era algo distinto. Llegaban antes que yo a los ensayos y se les hacían cortos. Había un niño con tendencia a la hiperactividad que distraía continuamente a todos e interrumpía los ensayos. Una tarde se peleó con otra niña, se marchó enfadado dando un portazo y diciendo una palabreja más bien fea. Enseguida los más mayores fueron a buscarlo para ayudarle a pasar el mal trago. Al finalizar el ensayo, lo acogí como si nada hubiera ocurrido y nunca más volvió a comportarse de esa forma. Es más, colaboraba mucho más y se mostraba muy respetuoso. Quedó tan enganchado que una vez no quería irse con su familia de viaje porque se perdía un ensayo. La mamá de una niña me preguntó un día: “Pero tú, con tres niños, ¿cómo lo haces? Yo sólo tengo una niña y estoy agobiadísima”. Estuvimos hablando un rato sobre mi experiencia de vida, mi escala de valores y cómo vivimos en mi familia el día a día. Yo sólo deseaba que cada uno ofreciera todo lo que pudiera de sí mismo, según la capacidad que Dios les había dado.

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