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Antes la persona: El valor añadido

Catalina Ruiz

¿Se puede trabajar en un banco con un estilo evangélico y estar al paso de la competencia? Escribe una lectora.
Hace dieciséis años, cuando fui contratada por un banco de una dinámica ciudad del norte de Italia, no me podía imaginar que en tan breve plazo la empresa iba a sufrir una transformación tan profunda, tanto en lo que a consecución de objetivos se refiere como en las relaciones entre los compañeros y con los clientes. «Ser intermediario entre los clientes y los productores mediante la recaudación y el uso del capital que proporcionan los primeros y que requieren los segundos», así reza la definición de banco que da el diccionario y que correspondía a lo que yo pensaba, según mis estudios de economía y finanzas que tanto me gustaban cuando era joven. «Ganar dinero con el dinero», ésta me parecía que era en realidad la razón de nuestro trabajo. Se tendía más a ver que los compañeros eran competidores en lugar de aliados, que podían quitarte los mejores clientes. Empecé a notar el malestar que había entre el personal, pues las relaciones estaban minadas en sus cimientos y no había colaboración ni sana competitividad, que es lo que da sabor a una jornada laboral. El nuevo sistema organizativo nos llevaba a una progresiva pérdida del trabajo en grupo y a sobrevalorar la iniciativa personal. Me preguntaba cómo hacer brecha en una situación tan totalizante y envolvente. Miré a mi alrededor buscando entre tantas personas al menos a una que compartiese mi misma perplejidad. Menos mal que me había dado tiempo a entablar una relación de colaboración y amistad con una compañera e incluso había estado a su lado en un momento doloroso de su vida a causa de la muerte de un familiar. Cada mañana, antes de empezar la jornada laboral, nos ayudaba el hecho de recordar cuáles eran las situaciones que más atención requerían por nuestra parte, que normalmente eran personas en dificultades que esperaban una respuesta. Nos dimos cuenta de que esos minutos nos predisponían a abordar positivamente el trabajo del día. El contacto frecuente con otros amigos que compartían mis inquietudes y que también trabajaban en banca me ayudaba a vivir con más valor, incluso diría que contra corriente. El ambiente fue cambiando poco a poco. Empezamos a respirar un aire distinto. Yo me las ingeniaba para prevenir los roces que pudieran surgir entre los compañeros. Por lo que se refiere a los clientes, aceptaba que se me asignaran principalmente parroquias, asociaciones benéficas, profesionales con pocos recursos... En fin, los marrones. Pero precisamente por la relación con estos clientes, y ante la incredulidad de mis colegas, logré llegar al objetivo anual que me habían marcado.

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