Se cumplen cien años del nacimiento de Shūsaku Ēndo (1923-1996), uno de los escritores japoneses del siglo pasado más traducidos y leídos en Occidente. Ya es sorprendente el éxito que tuvo en su patria sabiendo que se hizo católico de joven y que trataba temas inusuales para sus compatriotas. Si hubiera que atribuirle una frase del Evangelio emblemática, no dudaría en coger: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Ese escándalo de Cristo moribundo en el patíbulo de la cruz, incluso más que para Claudel, Mauriac, Greene o Bernanos, representa un arduo interrogante y un reto fascinante para este exponente de una cultura aparentemente impermeable a la comprensión del cristianismo.
De hecho, el silencio de Dios ante el grito de su Hijo moribundo y ante el sufrimiento de los creyentes es el tema central en dos libro suyos considerados obras maestras: Silencio y El Samurái, novelas ambientadas en el Japón del siglo XVII, una época de feroces persecuciones contra los cristianos, además de conflictos políticos y comerciales debidos al interés por influir en aquel remoto archipiélago por parte de los protestantes ingleses y holandeses y los católicos portugueses y españoles.
En el primer título llega a Roma la noticia de que el indómito jesuita Cristóbal Ferreira, que desde hace años trata de difundir el cristianismo en Japón, ha renegado de su fe. Entones la Compañía de Jesús decide enviar a dos jóvenes hermanos, Sebastián Rodrigo y Francisco Garrupe, para llevar a cabo una investigación. Ambos parten cargados de ideales y entusiasmo pero pronto se topan con la cruda realidad de las persecuciones en el Japón de los Tokugawa. Sospechosos de ser cristianos, las autoridades japonesas los inducen a apostatar: el que se niega a pisotear las imágenes sagradas es torturado y muerto, y el que acepta es objeto de burla y obligado a vivir al margen de la sociedad, incluso rechazado por la propia comunidad cristiana. Así es como Rodrigo vive en primera persona la persecución hasta que es traicionado por su amigo Kichijiro, su guía, e implora a Dios que rompa su silencio.
En El Samurái el soberano japonés Tokugawa Ieyasu, budista fervoroso, con el fin de obtener algún beneficio del conflicto militar y comercial en las aguas del Pacífico, envía en misión diplomática a Nueva España (México) a cuatro samuráis de rango inferior, vasallos del poderoso daimyo (señor feudal) de las provincias del norte, acompañados por un franciscano español, emblema de esa Iglesia triunfalista que une el fervor por Cristo con el ansia de poder. La historia, inspirada en hechos y personajes reales, adquiere un sesgo trágico cuando cambia el escenario político-religioso en Japón mientras dura el largo recorrido de los enviados por América y Europa. Hasekura Rokuemon, el samurái, y el padre Velasco (el fraile ambicioso) sufren el fracaso de sus respectivas misiones, cada uno defraudado a su modo por los poderosos del mundo. En su martirio final, identificándose con el verdadero Rey, ambos hallarán en el fondo de su corazón la respuesta que siempre han buscado: ese Cristo que sufre, despreciado y colmado de amor por el ser humano, es el punto de contacto entre Oriente y Occidente. Eso parece querer decir Ēndo.
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