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Tutores en la JMJ de Lisboa

Manuel Sánchez Nieto

Ir al encuentro del papa en la JMJ hoy día es comparable al modo en que, hace dos mil años, las gentes salían al camino para escuchar a Jesús.


La JMJ de Lisboa se me presentó hace un año como una aventura inesperada, cuando un grupo de jóvenes de la comunidad de los Focolares de Cartagena se apuntó en bloque. Eran veinticuatro, entre ellos nuestros tres hijos. Son jóvenes a los que conocemos desde niños, cuando venían a las jornadas que preparábamos en nuestra comunidad para los pequeños, y a lo largo de los años hemos seguido haciendo con ellos actividades solidarias y formativas. En cuanto se abrió el plazo, se inscribieron a la JMJ. Fue una alegría y al mismo tiempo un reto: varios menores de edad también querían ir, pero necesitaban tutores que los acompañaran. Así que mi mujer y yo nos ofrecimos como tutores y esto nos zambulló de lleno en la organización.
A medida que se acercaba el verano nos iba creciendo un temor razonable a no tener salud suficiente para aguantar el ritmo de los jóvenes. No somos niños, ni lejanamente, así que empezamos a entrenarnos. Fue una buena decisión, la JMJ es una peregrinación en toda regla y nos esperaban grandes caminatas e incomodidades. Todos los detalles organizativos los preparamos con el grupo de monitores. Ponernos de acuerdo y consensuar criterios fue la ocasión de preparar el alma para acoger las necesidades de los demás y responder con un amor concreto. Un laboratorio perfecto de vida con Jesús en medio.
Después de muchas reuniones llegó el momento de subirse al bus que, tras quince horas de viaje, nos llevó hasta Lisboa. Ir al encuentro del papa en la JMJ hoy día es comparable al modo en que, hace dos mil años, las gentes salían al camino para escuchar a Jesús: familias enteras que a veces incluso olvidaban llevar la comida. El papa proclama las palabras de Jesús, portadoras de vida eterna. Un mensaje por el que vale la pena arriesgar. Mi mujer y yo ya hicimos nuestra elección en nuestra juventud, ahora nos toca acompañar a los jóvenes para que puedan descubrirlo y sentir su llamada.
En la JMJ, como en una auténtica peregrinación, hay que renunciar a muchas comodidades cotidianas. Dormir en el suelo, ducharse con una manguera con un hilo de agua o comer un menú espartano son detalles que, curiosamente, no son importantes. Si algo llamaba la atención era la alegría en todos los rostros. La palabra que describe este estado de ánimo es euforia. Euforia en su sentido etimológico es una sensación de bienestar de ánimo capaz de resistir con paciencia y superar las dificultades con optimismo.

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