Tendría 18 años. Estaba en Madrid, en el balcón de un quinto piso en casa de unos amigos. Apoyado en la barandilla mirando el tráfico pasar por el Paseo de las Delicias, de repente sentí claramente en mi cabeza: ¿Por qué no te tiras? Di un paso atrás hasta que mi espalda chocó con la pared, me quedé lo más cerca que pude de ella y en cuanto pude entré en la habitación bastante asustado. Unos veinte años más tarde viajaba muchísimo por trabajo. Cuando me senté junto a la ventanilla del avión, tras abrocharme el cinturón pensé: ¿Y si se cae el avión? ¡Por fin podré descansar! Este pensamiento me persiguió durante varios años...
Estos dos episodios coincidieron con situaciones complejas que se alargaron en el tiempo. El primero, con la pérdida de mi madre dos meses antes de cumplir yo los 16 y la desaparición de mi lado de mi padre un año más tarde. Tras estos dos hechos, además de quedarme sin mi familia más directa siendo un adolescente, tuve que ocuparme personalmente de mi vida —casa, ropa, alimentación, estudios, etc.— y lo que materialmente eso significaba: conseguir los ingresos necesarios para hacer frente a los gastos correspondientes.
El segundo coincide con el comienzo del desmoronamiento de lo que para mí había sido mi proyecto de vida: pérdida de una hija recién nacida y desintegración familiar con una ruptura matrimonial y dos hijas pequeñas y un hijo adolescente, además de una estresante situación laboral trufada de sentimientos de victimización y abuso laboral, así como de fracaso personal y profesional.
Técnicamente los episodios descritos al principio son ideas o pensamientos y deseos de muerte que constituyen parte de la primera fase de la ideación suicida. Las situaciones vitales coincidentes con la manifestación de estas ideas o deseos de muerte abarcan completamente a la persona en todo su contexto vital (personal, familiar, educativo, laboral, social, biológico, psicológico…).
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