Jesús se dirige hacia la región de Tiro y Sidón, en tierra extranjera. Parece buscar, por fin, un poco de reposo con los suyos, y quizá también soledad, silencio, oración y refugio. De improviso les llegan los gritos de una mujer que, como otros personajes de los Evangelios, no tiene nombre. Su presencia incomoda y molesta a los discípulos, que le «imploran» a Jesús que la atienda para librarse de ella: «viene gritando detrás de nosotros». La mujer no se paraliza por no ser israelita, ni por ser mujer, ni porque el Maestro la ignore. Es una madre desesperada por su hija, «malamente endemoniada». Se acerca a Jesús con la tenacidad de querer un encuentro personal con él y consigue «postrarse ante él» mientras insiste en pedirle ayuda. Jesús le dirige palabras de una dureza inaudita: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
«Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas».
La mujer acepta la negativa; comprende que su mundo no forma parte de la misión primaria de Jesús; asume que su Dios no es una máquina dispensadora de gracias, sino un padre que pide una relación acorde con la verdad, que pasa por reconocer también la propia pobreza personal. Esta mujer, consciente de esto, mira a Jesús a los ojos: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Pone a Jesús contra la pared, por así decir, y Él se conmueve por la humildad de quien se contenta con las migajas. Hasta sus gritos parecen expresar su fe, y lo llama «Señor, hijo de David».
«Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas».
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