MI GRANITO DE ARENA
María Chiara: La soledad es una sensación que todos hemos sentido en algún momento. La asociamos a una vivencia mala, pero no siempre es así. La soledad puede ser deseada y la buscamos para tomarnos un tiempo para nosotros mismos, para meditar sobre ideas que rondan por nuestra cabeza, etc. Sin embargo, cuando no es deseada, es fría, triste y, lo peor, te acabas acostumbrando a vivir con ella. Voy a contar la experiencia de un compañero de mi clase que convive con este tipo de soledad.
Desde pequeño ha sido diferente. No congeniaba con los chicos de mi curso, con su manera de ser. Y además ellos no lo aceptaban. No admitían que fuese diferente, que tuviese gustos distintos. Mis amigas y yo intentamos muchas veces hablar con él, incluirle en el curso, pero en vano. Por lo que se fue acostumbrando a esa soledad no deseada y que, imagino, tanto odiará.
Así que pensé: esto no puede ser así. Hemos intentado por todos los medios posibles acogerle en el curso y ni unos lo aceptan, ni él quiere ser aceptado. Entonces he llegado a la conclusión de que no podemos cambiar la situación de un día para otro. Pero sí podemos hacerlo dando pequeños pasos. Me he dado cuenta, por ejemplo, de que, poco a poco, actos que para algunos pueden parecer insignificantes para él son enormes, como dedicarle todos los días una palabra, una sonrisa, un pequeño gesto, un «¿qué tal estás?». De esta forma empieza a sentirse acogido, incluido y a darse cuenta de que hay gente que se interesa por él. Eso le hace sentirse querido.
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