Aunque históricamente está documentada, la epidemia del baile, o plaga de la danza, que afectó en 1518 a los habitantes de Estrasburgo, tiene todas las características de la fábula y por ende de la poesía. Cuentan que una tal Frau Troffea, presa de una espontánea manía, empezó a bailar por la calle y siguió durante una semana. Pronto se la añadieron cientos de personas y así se desencadenó la epidemia del baile, que duró un mes, hasta que los danzantes fueron conducidos a un santuario, famoso por sus curaciones, y allí fueron liberados de esa peste.
Acabamos de tener una pandemia que aún no se ha terminado. El virus que nos ha atacado no ha sido tan bromista como el que infectó a la gente de Estrasburgo. Y ahora, si estamos atentos, podremos ver los indicios de otra epidemia que empieza a difundirse y que no es nada agradable. Hace poco leí en la prensa que el catálogo de malestares, patologías y trastornos de personalidad que aparecen en el cine y la series televisivas afectando cada vez a más jóvenes y adolescentes es tan amplio que se podría hablar de epidemia generacional.
Lamentablemente esta epidemia no se está difundiendo solo entre los personajes de ficción, sino que afecta también a la gente real. Y son muchos. En ellos se percibe una falta de sentido por vivir. ¿Por qué me habéis traído al mundo?, preguntan algunos a sus padres. Psicoterapeutas y psiquiatras están teniendo mucho trabajo y muchas familias se ven inmersas en un gran dolor.
Parece que se está investigando en las causas sociológicas, que aquí no hay espacio para afrontar, pero me viene una pregunta: ¿puede hacer algo la religión para detener esta epidemia? Yo creo que sí, siempre y cuando dé lo mejor de sí misma, si desenfunda su aportación específica. El teólogo valdense Paolo Ricca afirma que hoy las iglesias católica y protestante «hablan de migrantes a los que acoger, de derechos humanos que respetar, del hábitat natural a proteger, de libertad religiosa que garantizar, de fraternidad humana… todas cosas sacrosantas que sin duda hay que lograr. Pero hablan poco de Dios, como si tuvieran miedo de no ser escuchadas, o más probablemente no supieran qué decir de Dios».
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