La sedación paliativa se aplica a pacientes «de cualquier edad, con enfermedad oncológica o no oncológica, avanzada, incurable y progresiva, sin posibilidades razonables de respuesta al tratamiento específico y con un pronóstico de vida limitado, donde concurren síntomas multifactoriales, intensos y cambiantes, gran impacto emocional en pacientes y familiares y que genera una gran demanda de atención. La enfermedad no oncológica, además, vendrá definida por la presencia de fracaso orgánico y deterioro progresivo irreversible». Así lo define la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL).
Los cuidados paliativos ejercen una atención global y activa a pacientes cuya enfermedad no responde al tratamiento curativo y en los que es esencial controlar el dolor y otros síntomas, cubriendo sus necesidades físicas, psicológicas, sociales y espirituales para una mejor calidad de vida suya y de su familia. Si es necesario, el apoyo debe incluir el proceso del duelo.
La sedación paliativa consiste en disminuir el nivel de conciencia del enfermo, a fin de aliviarlo ante un sufrimiento insuperable causado por un síntoma físico o psicológico refractario (dolor, disnea, delirium, hemorragias, vómitos, crisis de angustia-pánico, etc.). La diferencia entre sedación y eutanasia se puede resumir en dos aspectos fundamentales:
1) la intencionalidad. En la sedación el médico prescribe sedantes para aliviar el sufrimiento del paciente; altera su conciencia a fin de disminuir la percepción del sufrimiento o la amenaza que supone el síntoma; y cuando la sedación es profunda, se pierde la vida consciente. En cambio en la eutanasia el objetivo es provocar la muerte del paciente para liberarle del sufrimiento.
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