El 6 de enero de 1941 el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, pronunció el discurso de las «cuatro libertades», para el mundo de posguerra: la libertad de expresión, la libertad religiosa, la libertad de desear una vida mejor y la libertad de vivir sin miedo.
En nuestros días, Immanuel Wallerstein anticipa un futuro en «algún momento del siglo XXI… 2050, digamos» en el que el sistema de economía-mundo surgido a partir del siglo XVI «habrá visto su defunción definitiva, cediéndole lugar a un sucesor o sucesores aún desconocidos, incognoscibles, y cuyas características no podemos, por ahora, delinear». Lo significativo de esta percepción es que el Estado liberal es el modelo político «que representó un elemento clave de la legitimación de la economía-mundo capitalista en la era de la soberanía popular»1.
¿Está configurándose un nuevo modelo ante nuestros ojos? ¿Sobrevivirá la democracia?
A pesar de las limitaciones que podemos evidenciar, la época que vivimos no parece, desde una perspectiva histórica, la peor de los últimos cien años ¿Debemos entonces preocuparnos por la salud de la democracias?
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