San Serafín de Sarov (1754-1833), gran místico y santo ortodoxo, decía: «la tarea del cristiano es adquirir el Espíritu Santo». Ese es, pues, el corazón de la oración, el punto central de toda la educación religiosa: preparar el alma para que el Espíritu Santo pueda actuar. El Espíritu Santo es amor y llega donde hay amor, petición, necesidad, súplica, humildad. ¿Cómo se logra tener el alma preparada, abierta a escuchar el misterio, la voz? Es necesario ejercitarse y quererlo. Esta voluntad de estar con Dios se educa. La tarea de educarla se ve facilitada porque el deseo de Dios ya está presente en cada uno de nosotros. Y ese deseo se educa y cultiva teniendo en cuenta la dimensión humana de cada cual, en particular el niño. ¿Cómo hacerlo?
Pienso en el pelícano. Es un ave que actúa de una manera determinada: vuela alto, ve los peces en el mar, los captura, los tritura y luego regresa con sus polluelos y se los da como picadillo para que puedan comer. Esto es lo que todo padre o educador creyente debería hacer. Vivir el Evangelio, la Palabra y transmitirla a los hijos respetando su desarrollo evolutivo y su modo de pensar. Sabemos que el Evangelio (los peces) es el alimento de la vida espiritual, y para comprenderlo hace falta vivirlo y luego testimoniarlo.
Considerando a la persona como ser religioso y criatura en oración, y teniendo en cuenta el desarrollo evolutivo de la infancia, pensemos en una manera concreta de rezar con los niños. Sabemos que hay distintas modalidades, seguramente todas muy válidas, por eso solo doy unas sugerencias que me parecen respetuosas con el mundo infantil. El objetivo es que el niño perciba que la oración es algo natural, bello, alegre.
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