Cuando uno cambia de lugar
Releo de nuevo el artículo de Julián Pérez Palma en el número de diciembre y viene a mi memoria aquella fecha, ya lejana, a comienzos de los años ochenta, cuando mi familia y yo, por causa de mi trabajo, si bien estaba colocado en una gran empresa, trasladamos nuestro domicilio desde San Sebastián a Murcia. Hacía algo más de una década que, recién llegados a aquella ciudad, habíamos ido creando nuestra familia y conocido el Movimiento de los Focolares, que acababa de llegar a aquella ciudad. En poco tiempo ya estábamos totalmente integrados en lo que considerábamos una gran familia, con lazos tan fuertes como los que teníamos con nuestra propia familia de sangre.
El traslado nos suponía una gran novedad, pero no lo fue tanto. Aquella familia que habíamos dejado en San Sebastián la encontramos igual en el nuevo lugar de residencia. Había conocido primero a José Antonio Vicente, con quien me puse en contacto antes de nuestro traslado. Y a nuestra llegada nos recibieron Pedro Almela, Pedro Alarcón, Manuel Jiménez…, a los que también conocía. Muy pronto entablamos una estrecha relación con ellos y sus familias, un círculo que fue ampliándose hacia todos los miembros de la gran familia Focolar de Murcia y alrededores.
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