Estimados clientes.
Desde abril de 2024, la revista Ciudad Nueva se ha fusionado con la revista Ciutat Nova, dando lugar a la revista LAR
Esta página sigue activa para acceder a todos los números de la revista Ciudad Nueva.

Editorial Ciudad Nueva
   
logoIntroduzca su email y recibirá un mensaje de recuperación de su contraseña






                    




articulo

El silencio de Dios

Jesús Morán


Leyendo cierto libro me topé con una afirmación que me ha dado qué pensar: «El silencio es el lenguaje de Dios». De entrada me sorprendió, y enseguida me vino a la mente toda esa gente que sufre por alguna desgracia: guerras, terremotos, inundaciones, epidemias… Yo también me he rebelado contra el silencio de Dios cuando la crónica diaria nos habla de desgracias que afectan a gente inocente, especialmente a los niños. Creo, sin embargo, que el autor de la frase no tenía en mente nada de esto cuando expresó su pensamiento. No se circunscribe a los momentos de sufrimiento, sino que va más allá. Él no lo explica, por eso me atrevo a interpretarlo.
Pensando en la cultura religiosa, sobre todo la occidental, uno de sus rasgos característicos es todo lo contario al silencio. Hemos hecho hablar a Dios de muchas maneras: doctrinas, morales, tratados de teología, devociones… Y paradójicamente este continuo hacer hablar a Dios nos ha alejado de su verdadera palabra. Dicho de otro modo: Dios ha hablado tanto (a través de nosotros hablando en su nombre) que no ha podido decirnos casi nada.
Quizás alguien recuerde que en la historia de la teología occidental hubo en filón apofático. Según la teología apofática o negativa, de antigua tradición, no se puede pensar ni decir nada sobre Dios porque está más allá de todo lo creado, solo lo alcanzamos por vía negativa, y no hablando de él. La cuestión, pues, no es nuestro silencio, que siempre es pertinente, sino el suyo. Se trata del apofatismo de Dios mismo.
Desde mi punto de vista, y por mi experiencia, este silencio de Dios revela su naturaleza relacional, si así se puede decir. Dios no habla precisamente para que podamos encontrarlo de verdad, haciendo experiencia de él. Solo si Dios no habla podemos esperar algo de él; solo si Dios no habla podemos escucharlo. Creo que este es el sentido profundo y auténtico de la oración: penetrar en el silencio de Dios. Cuando le hacemos hablar demasiado, no nos relacionamos con él, sino con nuestro pensar y hablar. Esto nos lleva a una afirmación final muy interesante: que la persona es experiencia de Dios y que Dios es experiencia de la persona, como dicen algunos filósofos. El silencio de Dios es inherente a nuestro silencio. Cuando ambos silencios se encuentran, entonces el diálogo es proficuo.

Leer más



Política protección de datos
Aviso legal
Mapa de la Web
Política de cookies
@2016 Editorial Ciudad Nueva. Todos los derechos reservados
CONTACTO

DÓNDE ESTAMOS

facebook twitter instagram youtube
OTRAS REVISTAS
Ciutat Nuova