Según el Diccionario de la Lengua Española, en sus segunda y tercera acepciones, madurez es el «período de la vida en que se ha alcanzado la plenitud vital y aún no se ha llegado a la vejez» y el «buen juicio o prudencia, sensatez». En el primer significado, «condición o estado de maduro», redirige a este maduro, ra, y en relación con la persona lo define como el de alguien «que ha alcanzado un estado de desarrollo adecuado para su utilización, funcionamiento o empleo», «que ha alcanzado la capacidad mental propia de una persona adulta» o «que ha dejado de ser joven, pero no ha llegado a la vejez».
Observando estas definiciones, parecería que la madurez se alcanza con los años, antes de llegar a la vejez y después de ser joven, cuando la persona se hace adulta, por el puro paso del tiempo. Y esto ocurre, al parecer, entre los 25 y los 60 años. Por otra parte, desde el punto de vista biológico, como en la mayoría de las especies, la madurez es un estado que se alcanza cuando el desarrollo físico y sexual está completo.
Visto y vivido lo sucedido desde los noventa con el cambio de milenio y particularmente en los últimos quince años, tengo la impresión de que los conceptos manejados en los párrafos anteriores resultan difusos, laxos y hasta obsoletos en gran medida. ¿Qué es la «plenitud vital»? ¿Qué es «ser una persona adulta»? ¿Cuándo llegamos a «la vejez»? ¿Coincide nuestra evolución cerebral y conductual con las tradicionales fases temporales de niñez, adolescencia, juventud, madurez y vejez?
Con relación a los dos primeros periodos, y citando el estudio realizado en la Kansas State University, Holley Korbey aborda este tema enfatizando la percepción del alumnado universitario ante cuestiones como afrontar el conflicto y el manejo del estrés, la ansiedad y la depresión. «Cada vez hay más pruebas –dice– de que los problemas de la “edad adulta” y la salud mental de los universitarios pueden tener su origen, al menos en parte, en la infancia moderna. Las investigaciones demuestran que los jóvenes carecen de resiliencia emocional e independencia en comparación con las generaciones anteriores. El problema ha ido creciendo paralelamente al aumento de las tasas de ansiedad y depresión, quizá exacerbado por la pandemia de COVID-19, y ha hecho que las universidades se esfuercen por ayudar y adaptarse»2. Korbey cita también a Dori Hutchinson, directora ejecutiva del Centro de Rehabilitación Psiquiátrica de la Universidad de Boston comenta: «Algunos padres han estado criando a sus hijos de forma diferente, tienen ese valor del éxito a toda costa». Y añade: «Me gusta describirlo como que algunos niños crecen con retraso en su desarrollo, los jóvenes de 18 años de hoy son como los de 12 de hace una década. Tienen muy poca tolerancia al conflicto y al malestar, y la COVID acaba de ponerlo en evidencia».
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