Pablo escribe a la comunidad de Éfeso, una ciudad grande e imponente en la que había vivido, bautizando y evangelizando.
Probablemente se encuentra en Roma, en prisión, hacia el año 62. Es una situación de sufrimiento, y sin embargo escribe a estos cristianos no para resolver problemas de la comunidad, sino más bien para anunciarles la belleza del designio de Dios sobre la Iglesia naciente. Recuerda a los efesios que, por el don del bautismo y de la fe, han pasado de «ser tinieblas» a «ser luz», y los anima a comportarse de modo coherente.
Para Pablo, se trata de recorrer un camino, de crecer continuamente en el conocimiento de Dios y de su voluntad de amor, de volver a empezar cada día. Por eso desea exhortarlos a vivir el día a día de acuerdo con la llamada que han recibido: «ser imitadores del Padre» (cf. Ef 5, 1) como «hijos queridos»: santos, misericordiosos.
Leer más