Cuando pienso en la unión con Dios, veo que en mi vida ha habido situaciones que me han llevado a experimentarla de una manera especial. Está claro que, al menos para mí, muchos de los momentos en que más ha crecido han sido aquellos donde he vivido situaciones conflictivas o de dolor, y también donde yo tocaba de algún modo ese dolor en la humanidad a mi alrededor.
He crecido rodeado de la presencia de Dios gracias a mis padres, al Movimiento de los Focolares y seguramente también a la sociedad en la que he vivido. Por otra parte, es sabido cuán fuerte es en Andalucía la devoción a María, y cuando era un crío hasta fui costalero de la Virgen de la Capilla. Eso de llevar a tu Virgen te marca para toda la vida. Pero la vida me ha llevado a experimentar situaciones que al principio eran extrañas a mi mundo, pero después, cuando las amas, empiezan a ser parte constitutiva de ti mismo. Y si me paro a pensar, esas experiencias han sido como peldaños en mi amistad con Dios.
Así lo fue el período que colaboré y trabajé en una Villa Miseria de Mendoza, en Argentina, y así lo está siendo ahora mi voluntariado en Villa Teresita, asociación que trabaja contra la trata y la prostitución. Esta asociación tiene una casa de acogida y un grupo de voluntarios hacemos salidas a la calle los viernes por la noche. Siempre salimos de dos en dos.
No sé bien como expresarlo para que no suene artificial. Para mí, encontrarme con cada chica es una audiencia especial con Dios, de una manera tan vital… Cuando vuelvo a casa siento una mezcla de profunda e infinita gratitud a Dios por la oportunidad que me da de amarlo en esas chicas, por una parte, y también un profundo sentimiento de impotencia matizado con casi odio por la situación que tienen que vivir.
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