Hace cuatro años mi obispo me hizo una propuesta totalmente insospechada: ser viceconsiliario nacional de Manos Unidas. Cuando Dios te presenta una propuesta tan descabellada que te lleva a formar parte de esta gran organización eclesial, te das cuenta de que estás abrazando el mundo y se te dilatan el corazón y la mirada. Si hoy me preguntasen por la identidad de Manos Unidas, respondería: es una obra de Dios, una inspiración divina. Las mujeres de Acción Católica que iniciaron la Campaña contra el Hambre hablaban de «carisma», cuando lo que parecía estar en juego era una buena recaudación económica para ayudar en múltiples proyectos de desarrollo. Pero quienes llevan años participando activamente en esta asociación se sienten partícipes de un auténtico don del Espíritu Santo que ha hecho más fecundas sus vidas, ha enriquecido a toda la Iglesia en España y ha extendido el reino de Dios en el mundo.
Todo carisma parte de una llamada de Dios particular, una Palabra que ilumina la vida de un modo nuevo y le da una orientación creativa. En mi opinión, la palabra fundacional que late con fuerza en el corazón de Manos Unidas está en el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces (Mc 6, 30-44). La gente «hambrienta y sedienta» buscaba a Jesús, y él, lleno de compasión, los acogió, les habló, cuidó de todos. Cuando los discípulos le presentaron la urgencia de despedir al gentío para que pudiera volver a casa y procurarse alimento para no desfallecer, Jesús los sorprendió con un mandato peculiar: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37; Mt 14, 16; Lc 9, 13). «¿Cómo vamos a dar de comer a todos estos?», respondieron con extrañeza. La misión era una auténtica locura, una petición absolutamente desproporcionada.
A mediados de la década de 1950, la terrible noticia de que la mitad de la población mundial sufría la tragedia de la hambruna caló hondo en la Unión de las Organizaciones Femeninas Católicas de todo el mundo (UMOFC). El impulso del Espíritu inflamó los corazones de aquellas mujeres, que hicieron suyo el mandato divino: «Dadles vosotros de comer». No podían esperar a que los gobiernos se movilizaran; ellas mismas debían dar una respuesta eficaz, confiando en la providencia de Dios. También ellas experimentaron el vértigo de los apóstoles: ¿cómo se puede alimentar a media humanidad con solo «cinco panes y dos peces»? Sin embargo tenían la certeza de que se podía acabar con el hambre en el mundo, ya que Cristo estaba empeñado en ello. En pocos años pasaron de unos cientos de miles de pesetas a varios millones. Los proyectos se fueron multiplicando y la conciencia social española cambió gracias a la voz profética de estas personas, e incluso muchas instituciones y ong han encontrado en Manos Unidas un modelo y una inspiración.
De pequeño, cuando veía en el telediario las noticias de la hambruna en países africanos, se me despertaba el sueño de llegar a ser alguien importante para poder ayudar a paliar esa situación. Ahora, ya adulto, soy consciente de que no hace falta tener una buena solvencia económica o capacidades especiales. Acabar con el hambre en el mundo depende, primero, de no apartar la mirada, no olvidar esta lacra. Después, es importante ser cuidadoso con lo que uno tiene y no despilfarrar. Y luego, hay muchos bienes que puedo compartir, muchas energías que puedo dedicar y muchas personas a las que contagiar esta pasión por descubrir a los más lejanos como hermanos a los que cuidar. Creo realmente que Dios escuchó ese anhelo de cuando era niño, y por eso me ha traído a Manos Unidas. Amamos lo que conocemos, y a mí se me ha concedido el don de poder conocer mejor Manos Unidas y amarla más.
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