Mi vida, gracias a Dios, está llena de cosas bonitas: una familia que me quiere, amigos con los que disfrutar cada día, experiencias inolvidables, miles de sueños por cumplir… Por otro lado, siendo estudiante de medicina, cada día me topo con el sufrimiento y eso me hace vivir con los pies en la tierra.
Últimamente pensaba que cada día en un hospital ocurre la risa más inocente, la aceptación más madura, el nacimiento más deseado, la muerte más inesperada, el miedo más razonable, la oración más convencida, el abrazo más íntimo, el perdón más sincero, la confesión más sagrada, la soledad más abrumadora, el llanto más desesperado, el consuelo más necesario, la historia más memorable, el amor más incalculable... Estoy convencida de que el dolor convierte cada instante en vida más verdadera. Ver de cerca el dolor me ayuda a caer en la cuenta de quién soy: humana que un día me voy a morir.
El pasado 25 de noviembre falleció mi abuela. Estos son algunos trozos de lo que leí en su funeral: «Un día habías hecho ensaladilla rusa para comer y yo, sin pensar que aquello tendría mucha trascendencia, te dije que estaba muy rica. Desde aquel día siempre que iba a verte tenías ensaladilla preparada para mí. Y a mí me encantaba solo porque la habías hecho con el cariño infinito con que hacías cada cosa. Abuela, enséñanos a querer así.
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