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Lo mejor está por llegar

Ana Hidalgo


En sus últimos años de vida, la madre de una amiga mía repetía: «Nos queda lo peor». Creo que se refería a la falta de salud y una dependencia cada vez mayor. Mi madre sufre desde hace más de 15 años un deterioro cognitivo severo que ha ido reduciendo drásticamente su conexión con la realidad y su pensamiento. Al inicio del proceso, cuando se daba cuenta de que iba perdiendo facultades a marchas forzadas, decía: «Qué fea es la vejez». Yo me angustiaba con ella al ver lo difícil que es aceptar tus crecientes limitaciones y tener que «recalcular» casi cada día tus menguantes capacidades. En los últimos años he cuidado también de mi padre y de cuatro tíos que ya han fallecido, todos muy longevos: una etapa de la vida, la de cuidar de otros, que asusta un poco cuando la ves acercarse pero que, una vez que la acoges y la vas conociendo a través de ellos, te cambia profundamente, te enseña mucho y te hace crecer. Ahora veo a mi madre mucho más feliz a sus 96 años, vive abandonada a las personas que la cuidamos, la aseamos, le damos de comer… Es alegre, agradecida, vive en un eterno presente y disfruta de momentos agradables que descubre nuevos cada vez: las comidas que le gustan, las canciones que cantamos con ella, los refranes, el rezar juntas…
Las catequesis del Papa sobre la vejez me han hecho tomar conciencia de momentos muy variados de este viaje y de muchos motivos para dar gracias por estos años. En ellas, Francisco ofrece una profunda y muy hermosa reflexión sobre la dignidad humana. No la dignidad de las personas mayores, sino de la vida humana en su integridad. Su discurso está lleno de poesía y de ternura, a la vez que pone el dedo en la llaga de una sociedad que ha perdido la dimensión eterna, una sociedad de la prisa y la eficiencia que no le encuentra sentido a la vejez, pues, al parecer, no tiene «contenidos especiales que ofrecer ni significados propios que vivir». «¿Es cierto que la juventud encierra el sentido pleno de la vida y que la vejez representa simplemente su vaciamiento y su pérdida? –se pregunta Francisco–. ¿Quizá los ancianos deben pedir perdón por su obstinación de sobrevivir a costa de los demás? ¿O se los puede honrar por los dones que aportan al sentido de la vida de todos?».
Hace poco oí a una adolescente referirse a la «tercera edad» con desprecio. Me sentí triste: veo que muchos jóvenes no se relacionan con las personas mayores y no saben tratar con ellas. Me parece una forma de discapacidad. Doy gracias por conocer una espiritualidad que me ha enseñado desde pequeña a construir la unidad entre pobres y ricos, entre personas de distintas convicciones… y también entre personas de distintas generaciones. Recuerdo mis primeras experiencias, con 12 o 13 años, de acercarme a personas que me sacaban 40 o más, venciendo una timidez casi enfermiza, y descubrir verdaderamente a cada una de ellas como un don para mí. Así he aprendido, al menos un poco, a traspasar muchas barreras mentales.
Todo el mundo ha oído hablar a Francisco de la cultura del descarte, uno de los temas recurrentes de su pontificado. A esta cultura le opone la alianza entre generaciones. Su discurso, que podría parecer a veces poco estructurado o repetitivo, en realidad progresa en círculos concéntricos, enriqueciéndose cada vez con nuevos elementos. Así me lo ha parecido después de leer este libro. El quid está en leerlo despacio, no más de un capítulo cada vez, y dejarse penetrar por sus palabras. Varios capítulos giran en torno a figuras bíblicas de edad avanzada –Noemí, Eleazar, Job…– y visiones del mundo que nos quedan muy alejadas de nuestra estructura mental. El Papa habla de honor, de bendición, de paciencia, del tiempo de la espera, de despedida… Personalmente, he ido descubriendo, de su mano, que la vejez sí tiene, en realidad, un montón de contenidos propios, que hemos de descubrir e integrar como sociedad.

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