La agresión rusa contra Ucrania demuestra que la guerra sigue entre nosotros. El 24 de febrero de 2022 culminó un acontecimiento (tristemente) histórico, más por la enormidad de la apuesta de Moscú que por su novedad. Todos nos conmocionamos por el regreso de la guerra a Europa… En realidad la guerra nunca se había ido del todo. Pensemos en la desintegración de la ex Yugoslavia (sobre todo en Kosovo y Bosnia-Herzegovina) o en la guerra ruso-georgiana de 2008 (por Osetia del Sur y Abjasia), o en la que enfrenta a Azerbaiyán y Armenia en Nagorno Karabaj, por no hablar de los conflictos congelados a punto de reavivarse, como en Transnistria2. Sin embargo, desde hace tiempo pensábamos que la guerra ya no concernía al Viejo Continente, gracias también a la presencia de la Unión Europea, gran experimento para archivar la guerra, al menos entre algunos países, y gracias a su integración económica y en cierta medida política.
Si miramos fuera de Europa, vemos que la guerra no solo no se ha eliminado, sino que sigue siendo seña de identidad en la política internacional. Hay lugares (Afganistán, Siria, Yemen, Libia) donde formas más o menos agudas de conflicto armado se perpetúan desde hace años, incluso décadas. Admitámoslo: los europeos aún no hemos descolonizado el concepto de guerra. Ahora que una guerra de consecuencias sistémicas y de largo alcance azota Ucrania tras la brutal agresión rusa, nos percatamos de que vastas zonas del planeta están asoladas por conflictos armados endémicos.
La reacción crítica de muchos países implicados en guerras de la periferia es comprensible. Les habría gustado que Europa hubiese adoptado sanciones así de severas contra anexiones territoriales en otros lugares, que hubiese denunciado con igual vigor crímenes contra la humanidad en otras partes, que hubiese acogido a sus refugiados con igual generosidad, que hubiese movilizado ingentes recursos para hacer frente a otras crisis humanitarias, que hubiese condenado la violación de la soberanía por otros países (veinte años de presencia militar de la OTAN en Afganistán, o la invasión de Irak en 2003 por una coalición occidental dirigida por Estados Unidos). En resumen, a Europa y a Occidente en general se le acusa de aplicar un rasero diferente y adoptar un doble criterio con respecto a los conflictos que afligen al sur del mundo, especialmente en Oriente Medio y África. Y hay parte de verdad en este razonamiento, especialmente en lo de aplicar un doble rasero (por ejemplo, en el caso del conflicto palestino-israelí). Una sana autocrítica por nuestra parte, los eurooccidentales, no nos vendría nada mal.
La cuestión de las relaciones internacionales en las transformaciones actuales es encontrar una nueva estabilidad. Pero quizá esté mal planteado. ¿Alguna vez el mundo ha sido verdaderamente estable, o su estabilidad ya no es una realidad dinámica, como lo son las sociedades que lo pueblan? El problema no está en la inestabilidad, sino en la carrera por la hegemonía, las asimetrías sistémicas y las desigualdades inducidas por el sistema económico y político internacional.
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