Era una hermosa mañana otoñal. Andrea había salido con su madre de paseo, pero no quiso decirle donde iban. Al llegar cerca de un bosquecillo su madre le explicó: «Hoy vamos a coger setas».
Nada más entrar, junto al tronco de un árbol caído, encontraron una que, por ser del mismo color que el tronco moribundo, pasaba desapercibida. «Mamá, ¿las setas son animales o vegetales? Esta se ha camuflado como un camaleón», preguntó la niña. Su madre sonrió por la ocurrencia y respondió: «Son vegetales». «Pues son unos vegetales muy extraños –observó Andrea –, ¡no son verdes, no tienen flores, ni hojas…!». «Efectivamente, no son verdes porque no tienen clorofila. No tienen flores, pero si tienen frutos».
Mientras daba explicaciones, su madre se agachó para mostrarle con detalle otra seta que había encontrado entre las hojas húmedas. «Mira Andrea –le pidió su madre–, esto que vemos en la superficie es solamente el fruto del hongo. Quiero que excaves con cuidado a su alrededor». Andrea buscó un palito para ayudarse y cuando había hecho un círculo alrededor de la seta, su madre le señaló algo que a ella le pareció como una madeja de hilos. «Esto, que no parecen más que cabellos enredados –le explicó la madre– es el micelio. Aquí está toda su vida. La parte de las setas que vemos sobre la tierra son como las naranjas. Por ello es muy importante la forma de recoger setas. Cuando cogemos las naranjas o las manzanas de un árbol, no tallamos el tronco. Si lo hiciéramos, al año siguiente no nos daría más frutos».
«¡Por eso has traído un cuchillo!», dijo la niña sorprendida por lo aprendido. «Efectivamente. Cubre de nuevo el micelio y tomemos su fruto». Dicho y hecho. Su madre, con mucho cuidado, cortó la seta por la base del pie y tapó lo que quedaba con tierra y hojas. Lo hizo con el cariño de quien se siente agradecido por el regalo recibido del bosque.