Baal Shem Tov, también conocido como Israel ben Eliezer, fue un gran maestro espiritual. Vivió entre los siglos XVII y XVIII en lo que hoy es la martirizada Ucrania. Fue él quien dio origen a la corriente hebraica del jasidismo, un modo de vivir que enseña como santificarse sin dejar la vida laboral y familiar, sino transformando los más banales aspectos cotidianos en ocasiones de gozosa y luminosa cercanía a Dios.
Un día alguien le preguntó: «¿Por qué tus seguidores cantan y bailan en la más mínima ocasión? ¿Es un modo sensato de comportarse cuando hay tanto sufrimiento a nuestro alrededor?». Y él le respondió contándole una historia que más o menos decía así: «Llegó a la ciudad un violinista de gran talento que nadie le había reconocido. Se puso en una esquina de la calle y empezó a tocar. Al cabo de un rato se había reunido mucha gente a su alrededor, encantada con su maravillosa música. Ninguno había oído antes algo tan bonito. Poco a poco todos empezaron a bailar al ritmo de la música. Era un espectáculo fantástico. Un sordo que pasaba por allí dijo: ¡El mundo se ha vuelto loco!, ¿por qué toda esta genta salta, baila y agita los brazos en medio de la calle como locos?». Con esto Baal Shem Tov ya había respondido a la pregunta, pero añadió: «Los jasidim danzan al son de la melodía que emana del encuentro con Dios en toda situación y en toda criatura. Si eso les hace parecer locos a quienes tienen un oído menos sensible, ¿van a dejar de bailar por eso?».
Este relato no deja de cuestionarnos. ¿Es posible seguir danzando hoy? No en la calle como los del cuento, pero ¿es posible danzar en lo más íntimo de uno mismo, cuando nos sentimos amedrentados por las epidemias, las guerras, la pobreza y la preocupación por el futuro del planeta?, ¿o cuando nos sentimos desorientados por opiniones contrastantes, tanto que no logramos distinguir lo que es falso de lo que es verdadero?
Saber danzar en cualquier situación es algo que nos hace bien a nosotros mismos y da esperanza a los demás. Pero no es lo más fácil del mundo. No es fácil hoy y tampoco lo era en tiempos de Baal Shem Tov, cuando en Ucrania se desataron violentas persecuciones contra los judíos y además hubo una terrible epidemia de viruela. ¿El secreto? Como dice la conclusión del cuento, hay que tener «oídos sensibles». Hay quien los tiene por naturaleza, pero la mayor parte de nosotros no lo tenemos. Así que es cuestión de entrenarse y aprender poco a poco a reconocer en las circunstancias de la vida alguna nota de esa música del violinista. Así entenderemos que, si el mal es incontrolable, en cambio el bien siempre está al alcance de nuestras manos. O mejor… de nuestros oídos.
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