Nací en Cuba, estoy casada y soy arquitecta. He vivido allí hasta que hace unos meses me vine a España junto con mi esposo y mi niña.
Para hablar de mi encuentro con Dios me tengo que remontar a mis padres. Las dos familias, la de mi mamá y la de mi papá, son muy católicas, pero en cierto momento, cuando triunfó la revolución, tuvieron que tomar distancia de la Iglesia. Seguían creyendo en Dios pero no podían asistir a la iglesia porque corrían riesgos reales. Ellos siguieron teniendo una fe particular en Dios pero sin asistir a la iglesia.
Mis padres se casaron por lo civil y luego el matrimonio católico lo hicieron a escondidas. Fueron un día a la iglesia solos, sin familias, y tocaron con una contraseña por la puerta trasera. Allí los esperaba el sacerdote con los padrinos y los casó. Cuando nací yo, mi bautizo fue en el pueblito donde vivía una de mis abuelas. También fui bautizada a escondidas fuera de la ciudad donde vivíamos. Siempre crecí aprendiendo de Dios con mis abuelas y con mi mamá. Es lo que un obispo cubano llama «la catequesis doméstica de las abuelas». No estaba permitido asistir a la iglesia abiertamente ni confesar la fe en el trabajo o en la escuela. Manifestar tu fe comportaba problemas reales. Así es que viví mi fe durante muchos años en casa, sin tener una vida católica pública.
Cuando la caída del Muro de Berlín, cayó el mundo socialista y Cuba empezó a pasar grandes necesidades económicas. Esto hizo que el gobierno, para calmar un poco a la población y que no se rebelara contra el sistema, permitiera tímidamente el acceso de las personas a los templos. Se empezó hacer la vista gorda en este sentido.
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