Crecí en una familia sencilla, unida y feliz a pesar de las dificultades económicas de aquellos tiempos. Al llegar la adolescencia empecé a cuestionarme mi compromiso cristiano. Leía el Evangelio y siempre la misma inquietud: la fe tiene que impregnar toda mi vida y se tiene que traducir en obras. Y si quería ser una buena cristiana, no podía hacerlo sola, así que empecé a participar en el grupo de jóvenes de la parroquia. Al terminar bachillerato tuve que dejar los estudios y con 16 años empecé a trabajar de administrativa en una empresa grande. Más tarde, con mucho sacrificio, estudié Psicología, alternando el trabajo y los estudios.
Un día, con mi pandilla de amigos, fui a un festival de jóvenes y más tarde me invitaron a una Mariápolis, una convivencia de adultos, jóvenes y niños en donde todos formábamos una gran familia. Allí me sentí como pez en el agua, era lo que yo siempre había querido: vivir el Evangelio las 24 horas del día. Y salí con el propósito de amar a todas las personas que encontrara.
Empecé con cosas sencillas: recoger la cocina antes de que mi abuela se levantara de la siesta, ofrecerme sin protestar a bajar la basura, ceder el asiento en el metro aunque tuviera que dejar de leer, que tanto me gustaba, o ayudar a mi compañera de despacho que le encantaba perderse por los pasillos… Me sentía contenta, pero también me daba cuenta de que amar no es fácil, tienes que salir de ti misma para amar al otro tal como es y eso supone esfuerzo.
A veces hay que asumir el dolor que te causan los demás... Mi jefe era una persona excelente pero con un carácter muy suyo. Un día estaba yo al teléfono con un cliente con el que mi jefe se había enfadado. Se acercó a mi mesa furioso y colgó bruscamente el teléfono. Yo quería amar al cliente y también a mi jefe, a los dos. Así que, sin hacer comentarios y con tranquilidad marqué de nuevo y con naturalidad y pedí disculpas al cliente porque se nos había cortado la comunicación… El jefe seguía allí, delante de mí, pero se había ido calmando y al final me dio las gracias por mi reacción. Nunca he sido tímida, pero sí tenía mis complejos, por eso el hecho de descubrir que Dios es Amor, que me ama inmensamente, me hizo sentir libre, «hija del Rey».
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