Según el Diccionario de la Real Academia, comunicar presenta once acepciones. Cinco de ellas hacen referencia a acciones que implican compartir, informar, transmitir o consultar entre congéneres de la especie homo sapiens. El proceso de comunicación requiere alguien que emita, alguien que reciba, un mensaje, un canal (medio por el cual se transmite), un código y un contexto. Entre los distintos medios artificiales (el natural es el aire) encontramos los audiovisuales, los radiofónicos, los impresos y los digitales. Y entre los tipos de comunicación tenemos principalmente la verbal (oral o escrita), la no verbal (lenguaje corporal) y la gráfica.
No me detengo en la influencia de la publicidad en nuestras decisiones de compra y consumo, ni tampoco en las múltiples evidencias de manipulación informativa que venimos padeciendo, amén de las adicciones tecnológicas diagnosticadas en las últimas décadas, pero me resulta paradójico que herramientas ideadas para el acercamiento y la comunicación lleguen a convertirse, mediante su uso malintencionado e interesado, en sutiles armas de manipulación, aislamiento e incomunicación. Ahora bien: ¿está oculto el enemigo tras el anonimato de las redes sociales o de las campañas publicitarias?
«¡Perdona! Es un momentito», «¡Dame un segundo!», «¡Es urgente!», «¡Ya termino!», «¡Voy, voy, voy!». Estas y otras expresiones nos las dicen (y las decimos) cada vez más frecuentemente, mientras estamos con alguien tomando un café, en una comida, dando un paseo, viajando o sentados en un parque y llevamos cosido en la mano un teléfono inteligente que, caprichoso y maleducado, reclama constantemente nuestra atención. No nos damos cuenta, pero en muchas ocasiones dejamos con la palabra en la boca a quien está con nosotros y, tras nuestra desconexión, no recordamos cuál era el tema de conversación ni quién estaba hablando.
Cuando esto ocurre, inconscientemente entramos en dos procesos. Uno de actitud multitarea e hipervigilancia obsesiva, respondiendo mensajes que se encadenan con otros, revisando mis otras redes sociales «por si hay algo», etc. Y un segundo proceso de ninguneo para con la persona o las personas que nos acompañan: no son tan urgentes ni importantes como lo que hay en el móvil y, consecuentemente, las ignoramos.
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