Hace ya un año, un día que fui de gestiones al banco, una empleada me mostró un whatsapp de una ONG que le había llegado. Solicitaba casa de acogida para una niña de Etiopía que iba a venir a Córdoba para ser operada. Mi primera reacción fue decir que no conocía a nadie, pero sí que podía enviar el mensaje a más personas de mi entorno. Al volver a casa se lo comenté a mi mujer, y su reacción fue esta: ¿por qué buscar fuera si desde hace un mes en casa se nos ha quedado una habitación libre? Tres días después me puse en contacto con la ONG para saber más detalles y a los pocos días tuvimos una entrevista y nos lanzamos a la aventura.
El 5 de abril nos confirmaron que vendrían Ian y Kenia, su madre. No eran etíopes sino hondureños. Habíamos dado el primer paso y ahora empezaba el papeleo, cosa que en otro tiempo habría sido fácil de hacer, pero debido a la no presencialidad en los organismos oficiales, había que echarle horas al asunto. El 18 de mayo llegaron nuestros huéspedes… y la primera sorpresa: las maletas se habían extraviado. Empezó así la aventura: buscarle algo de ropa a la madre, pues para el niño era más fácil. ¡Una semana tardaron en llegar las maletas! La acogida fue muy cariñosa por parte de mis hijos. El pequeño, de 11 años, se encontró con un hermano de 6 y las chicas con una compañera de 31.
En los primeros días las diferencias culturales iban saliendo una tras otra. Ellos tomaban refrescos en la comida, mientras que en casa se bebe agua. Luego entendimos que viven sin agua potable y deben de comprar tanto el agua como los refrescos. También nos extrañaba que el niño comiera con las manos… ¡hasta la pasta con tomate! Le sugerimos aprender a usar los cubiertos y a los dos días parecía que llevaba toda la vida usándolos.
Cada uno en casa hacía su experiencia de acogida. Una de mis hijas acompañó a la madre a comprarse una tarjeta telefónica. También los llevó a la feria, pues eran las fiesta de la ciudad. La ONG nos había escrito explicando ciertas características de ellos, como el hecho de que al niño le daban pánico los perros o que eran cristianos evangélicos. Así que el primer domingo los acompañé a su culto, que para ellos era importante. Durante las dos horas que duró pude comprobar que más allá de las diferencias, la vida del Evangelio es la misma, y escuchar cómo tratan de llevarlo a sus vidas ha dado pie a muchas conversaciones, contándonos como Dios actúa en nuestras vidas. La madre me llegó a decir que los católicos somos muy generosos porque abrimos nuestra casa a otras personas. Yo creo que lo único que hacemos es devolver parte de lo que hemos recibido; no hay nada heroico, pues muchas familias hacen lo mismo que hicimos nosotros esa vez.
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