–Hoy se habla mucho de igualdad de derechos y muy poco de las diferencias entre femenino y masculino. ¿Es justo?
–Es una cuestión compleja que surge como reacción a un abuso machista durante siglos. En los primeros años del siglo XIX, al lado del feminismo extremo, que reaccionó contra la injerencia masculina, se fue gestado la reflexión de Edith Stein, luego la de Luce Irigaray y luego otras. Esta reflexión sobre la identidad femenina no se centraba tanto en la igualdad, que si bien comporta derechos políticos también desdibuja las identidades, cuanto en la especificidad femenina en cuanto valor para la humanidad. El tema de las diferencias nunca ha estado ausente del todo.
–¿Será que estamos llegando al neutro?
–Las presiones más radicales del feminismo han llegado incluso a negar la maternidad, o sea, el hecho biológico de que solo la mujer puede gestar, de manera que la cuestión del género pasa a ser un problema prevalentemente político y financiero. Hay grupos de presión, a los que en realidad no les interesan los problemas de las mujeres, que con su cultura de la indiferenciación están consiguiendo que se desdibuje la cultura de los derechos a toda costa, y así se va perdiendo el sentido de lo que hay en común.
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