Estamos en el momento de la última cena. Jesús, sentado a la mesa con sus discípulos, acaba de lavarles los pies. Dentro de unas horas será arrestado, condenado a muerte y crucificado. Cuando el tiempo se acorta y la meta se acerca, se dicen las cosas más importantes: el «testamento».
En este contexto, en lugar de la institución de la Eucaristía, el Evangelio de Juan relata el lavatorio de los pies. Y a la luz de este hay que entender el mandamiento nuevo. Jesús actúa primero y enseña después, y por eso su palabra es autorizada.
El mandamiento de amar al prójimo ya estaba presente en el Antiguo Testamento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18). Pero Jesús ilumina un aspecto nuevo de este, la reciprocidad: es el amor mutuo lo que crea y distingue a la comunidad de sus discípulos.
Este tiene su raíz en la misma vida divina, en la dinámica trinitaria que el ser humano está habilitado a compartir gracias al Hijo. Lo ejemplifica Chiara Lubich con una imagen que nos puede iluminar: «Jesús, cuando vino a la tierra, no vino de la nada, como cada uno de nosotros, sino que vino del Cielo. E igual que un emigrante, cuando va a aun país lejano, se adapta al nuevo entorno pero lleva consigo sus usos y costumbres y sigue hablando su lengua, también Jesús se adaptó en la tierra a la vida de los hombres, pero, por ser Dios, trajo el modo de vivir del Cielo, de la Trinidad, que es amor, amor recíproco»1.
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