Acogida
Acabamos de acoger a un grupo de ucranianos. Algunos ya tenían familiares aquí, pero una madre venía sola con un hijo de 4 años. Estaban perdidos en una estación de Polonia, no sabían qué hacer, dónde ir y este grupo les dio un pasaje. Me pidieron que viera dónde podían alojarse, los he recibido con un abrazo y he notado que la madre era muy frágil. No hablan inglés, así que entenderse ha sido difícil. Con el traductor de Google del móvil les he dicho que los llevaría a una familia que los acogía, donde podrían ducharse, comer y descansar. La madre ha empezado a llorar y decir: «Lo siento, lo siento, no quiero molestar». He sabido que eran de Kiev y que había dejado allí a su marido y a su hija mayor. ¡Quiso quedarse y luchar con su padre! El niño estaba tranquilo y parecía estar bien. La madre estaba cansada, preocupada, sensible. No quería molestar. El idioma es realmente una limitación, pero hay que darles tiempo para que descansen e ir entendiendo sus necesidades. Al final le dije: «Descansa y experimenta un poco de paz aquí». Me ha abrazado llorando y dando las gracias. Siento que el lenguaje del amor es más fuerte que cualquier otra cosa. ¿Qué será de tantas familias separadas que no saben si volverán a verse, que no saben qué será de sus vidas? Por un lado, existe la enorme impotencia de no poder hacer nada, por otro lado, veo que es en las pequeñas cosas donde podemos ayudar.
Clarinha (Espinho, Portugal)
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