Gracias por el artículo del número de febrero que firman varias personas del gremio de sanitarios. Al leerlo me han venido ganas de compartir mi experiencia.
Ser sanitario es un servicio continuo a personas con dificultades de salud, lo cual implica un esfuerzo personal más allá del trabajo en sí mismo. La pandemia, además, ha supuesto un sobresfuerzo mayor. Yo lo he vivido como una oportunidad de dar de mí lo mejor, en la medida de lo posible.
Me contagié en la primera ola, cuando todo era más complicado porque sabíamos poco y estábamos menos preparados. También Isabel, mi mujer. Ella está en atención primaria y ahí soportan mucha más presión. Para nosotros ha sido una experiencia de llevarlo juntos, comunicarnos mucho y darnos ánimos recíprocamente. Sabemos que estamos haciendo un trabajo que es un bien para la sociedad, cosa que a algunos sanitarios, sobre todo al principio de la pandemia, les ha supuesto dejarse la vida. Y eso tiene un gran valor porque demuestra la envergadura de la profesión.
La pandemia ha puesto a prueba el sistema sanitario, lo ha sobrepasado. Si ya antes tenía lagunas, ahora se ha visto desbordado, generando nuevas lagunas. De hecho ahora estamos viendo gente con el síndrome del profesional quemado porque la presión es tremenda. Pero somos ciudadanos como los demás, que estamos con otras personas, que tenemos cuidado de no contagiar, que sufrimos las mismas dificultades que los demás. El tiempo de descanso es menor que el que tiene otra gente. Es más, en esos ratos te siguen preguntando y pidiendo, siempre estás con la misma historia. Yo creo que el personal más afectado –con el paso del tiempo se verá que a algunos les cuesta recuperarse– es sobre todo el de cuidados intensivos y el de atención primaria.
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