El mundo antiguo estaba fascinado con el águila. Espléndida, real, majestuosa y a la vez terrible. «Águila negra, cazadora» la llama Homero en la Ilíada. En sus profecías Jeremías compara el espíritu de Dios, que aterroriza a los enemigos de su pueblo, con un águila que «vuela veloz y extiende sus alas». Los griegos le atribuían la capacidad de mirar al sol, privilegio reservado solo a Zeus. Este atributo quedó durante siglos y el cristianismo lo asimiló. La poetisa mística Hadewijch, que vivió entre los siglos XII y XIII, escribió esto: «El águila mira al sol sin retroceder, como el alma interior mira a Dios sin apartar los ojos de él».
Volando entre las cumbres, el águila lo escudriña todo sin que nada escape a su mirada: el águila muestra su fuerza; el águila reina sobre todos los volátiles. No es de extrañar que el mundo romano la eligiera como símbolo del imperio y del emperador. También durante algún tiempo fue el estandarte de los ejércitos islámicos. Aunque Mahoma había prohibido cualquier símbolo en su religión, sin embargo hizo una excepción con el estandarte de Khalid, comandante de su ejército, que tenía precisamente un águila.
El águila también es símbolo de la paternidad. Protege a sus pequeños construyendo el nido en las hendiduras de inaccesibles paredes rocosas. Desde ahí aprende sus crías a emprender el vuelo. El autor del Deuteronomio tomó el ejemplo del águila para hablar del amor paternal de Dios por su pueblo: «Como un águila vigila su nidada y revolotea sobre sus polluelos, así el despliega sus alas y lo toma, lo lleva sobre su plumaje».
El águila que vuela alto en el cielo es también la imagen del pensamiento que, por momentos, logra remontarse a alturas impresionantes, muy brillantes. Por eso al evangelista Juan se le asignó el símbolo del águila. El autor del Fisiólogo, un texto escrito entre los siglos II y III para ayudar a los cristianos a interpretar la naturaleza según los principios de la nueva religión que se iba difundiendo por el imperio, describe el águila que vuela hacia el sol y que, al quemarse las alas por haberse acercado demasiado, se arroja luego tres veces en las aguas puras para renovar su juventud. Con su ferviente imaginación, el autor toma como punto de partida este salmo: «Él te perdona todos tus delitos y te cura de tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y de ternura; él sacia de bienes tu existencia y te rejuvenece como el águila».
Leer más