La vida es un viaje y, como en todo viaje, el final es tan importante como el resto de etapas; incluso más porque estamos llegando a destino. Hay continuidad entre las diferentes etapas y la final. Dicho de otro modo, se muere como se vive, no es algo improvisado. No tiene sentido tratar de evitarlo u ocultarlo, ni tampoco luchar contra algo que naturalmente debe ocurrir. La vida es un regalo sorpresa y desconocemos el final, por eso hay que prepararse durante toda la vida.
Si una persona ha nacido, crecido, madurado y envejecido en una cultura de los cuidados, le resulta natural cuidar de los demás, y también dejarse cuidar, lo cual es más difícil, pues no es fácil asumir la debilidad o la incapacidad, ni afrontar la vulnerabilidad que el envejecimiento o la enfermedad conllevan, y mucho menos aceptarla.
Cuidar significa ocuparse de alguien que requiere atención o asistencia, estar pendiente de sus necesidades y proporcionarle lo necesario para que esté bien. No importa su aspecto físico, su situación mental u otras circunstancias que llevan a algunos a pensar que su valor ha disminuido o incluso que su vida ya no merece la pena. El valor de la persona es siempre el mismo, desde que empieza a serlo en el momento de la concepción, hasta la muerte. Toda vida merece ser vivida. Es un gran desafío hacer de todo para que la persona esté bien, y será ella quien nos indique qué necesita para su bienestar y no nuestro criterio, por eso la comunicación debe estar basada en mucha escucha y en expresiones no verbales que indican compresión, asentimiento, cariño, complicidad, seguridad… En definitiva, entrar en ella y sentir su dolor como si fuese nuestro.
Podemos preguntarle: ¿cómo estás hoy?, ¿qué puedo hacer o dejar de hacer para que te sientas mejor?, ¿qué necesitas?... También podemos hacerle sugerencias (¿te parece que…?), pero nunca imponerle nada, ni siquiera un típico tienes que comer. Muy importantes son los silencios, no huir de ellos. Son momentos sagrados en los que nos decimos todo sin decirnos nada.
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