La oca Martina fue el encuentro más emocionante de mi infancia. Las páginas de aquel libro, El anillo del Rey Salomón, de Konrad Lorenz, publicado en 1949, fue un éxito mundial e hizo de su autor una celebridad científica y literaria. En mi memoria ha quedado como una de las experiencias escolares más significativas.
En el comportamiento de los animales hay una parte innata y otra aprendida. Esto valía para la oca Martina y también para mí, una joven mamífero de la escuela secundaria. A partir de su experiencia, Lorenz explicaba que el imprinting (impronta) de los animales es un tipo de aprendizaje propio de las aves pequeñas y de los mamíferos que se produce a las pocas horas después de nacer al contacto directo con quien se ocupe de cuidarlos. De modo que, si una oca recién nacida establecía contacto con un ser humano durante un determinado periodo de tiempo (pocas horas), muy probablemente lo identificaría como su madre y lo seguiría a donde fuera. Por eso Martina, convencida de que Lorenz era su mamá, se instaló en mi memoria, exactamente por el mismo proceso de imprinting que a ella la había ligado a su mamá-etólogo. Recién salida del huevo, el primer ser que vio fue Lorenz y no le importó que fuera un viejo barbudo, en nada parecido a su especie. Se encariñó de él con conmovedora dedicación.
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