«El alma no tiene edad, no es ni pequeña ni grande, siempre es alma», dijo una vez Chiara Lubich con su mirada habitualmente inmensa por las nuevas generaciones. Sin embargo, ese alma inmutable parecería más pura y sensible durante los primeros años de vida, de hecho los adultos tienen que hacer un largo camino espiritual para volver a ser como ellos, para volver a ser pequeños y entrar en el Reino de los Cielos. «Dios es joven –decía el papa Francisco en una entrevista–, es joven por que es siempre nuevo». Con esta afirmación, el pontífice no estaba teniendo preferencias por una franja de edad, más bien ponía de relieve algunos rasgos distintivos de lo divino que tienen los jóvenes: Dios nunca se repite, es dinamismo, es constante novedad. Esa capacidad de orientarse constantemente hacia el futuro como posibilidad es una prerrogativa de niños, adolescentes y jóvenes. Desbordan voluntad de acción, ganas de estallar, de experimentar el mundo que los circunda. Son creativos, abiertos a la novedad y a la diversidad, y por ello son la esperanza de los adultos.
La comunidad apoya
La presencia de jóvenes en una comunidad aporta vitalidad y también alegría, pues representan la promesa. A ellos se les podrá pasar el testigo, una herencia que es siempre un regalo recibido y transmitido, un legado que se va formando como un anillo que une a las generaciones entrelazando pasado y futuro.
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