Se han cumplido diez años desde aquel mes de octubre de 2011 en el que la organización terrorista ETA anunciase el alto el fuego permanente que, a su vez, dio paso al abandono definitivo de la lucha armada y a su disolución. Mucho se habló en su momento del porqué de ese anuncio, de la importancia de los mediadores en la toma de esa decisión, de la presión policial a la que se vio sometida ETA, etc.; poco se habló del abandono de la sociedad civil vasca al proyecto defendido por ETA –ya que le dio la espalda-, del fracaso del proyecto de ETA, de la imposibilidad para ETA de seguir con su proyecto. No fue una decisión ni un anuncio fruto de una reflexión, sino de la imposibilidad de continuarlo.
Esta decisión y este anuncio trajeron consigo la normalización política en la sociedad vasca, no así su normalización cívica. De todas las maneras, la decisión supuso un soplo de aire fresco para la convivencia y abrió una ventana a la esperanza para conseguir dicha convivencia como camino hacia la paz.
Han pasado diez años. Si bien según para qué cosas es poco tiempo, para el tema que nos compete es demasiado largo: ha pasado demasiado tiempo para que la izquierda abertzale hiciese una declaración pidiendo disculpas a todas las víctimas por lo sucedido, una tragedia que no debió nunca tener lugar. Declaración que, sin duda, es un paso adelante en el camino de la convivencia en nuestra sociedad vasca. Y, es innegable, nos llena de alegría; aunque a la vez vivimos emociones encontradas, contrapuestas. Emociones encontradas porque creemos que es una pena que hayan debido transcurrir diez años para llegar a esta declaración que, además, consideramos, en sí, insuficiente. Pensamos de hecho que se puede entender como un brindis al sol, como un acto políticamente correcto, porque no viene acompañado por hechos concretos y pasos claros en la misma dirección de la declaración.
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