Este verano estuve en España. Fui a descansar, a ver la familia y hacer algunos trámites. Uno de los primeros días estuve celebrando misa para la comunidad de la Ciudadela Castillo Exterior y, al presentarme brevemente para quienes no me conocían, les conté algo de la alarmante situación que se vive en Cuba en este tiempo tan difícil, con todo agravado por la pandemia. Falta de todo: trabajo, comida, medicinas… Entonces me preguntaron qué era lo que más falta hacía con urgencia, y dije que las medicinas, dada la precariedad en los hospitales y centros de salud. Se ve que enseguida divulgaron esta necesidad por las redes sociales y rápidamente las distintas comunidades de los Focolares empezaron a moverse. Me ha llegado dinero, ropa y muchas, muchas medicinas. Lo más bonito de todo ha sido ese esfuerzo personal de cada uno yendo a la farmacia a comprarlas, y esos otros que han vaciado su cajón de los medicamentos. Desde una ciudad de la costa levantina llegó un coche lleno de cajas con fármacos de todo tipo.
Luego bajé al sur a pasar unos días en la playa. Allí también me esperaban las medicinas. Y cuando volví a Madrid encontré la habitación llena de cajas. ¡Cuánto amor, cuánta generosidad! Pasé varios días revisando una por una, pues cada una era un acto de amor, un esfuerzo, un regalo. Las fui seleccionando y catalogando para poder llevármelas sin sus cajitas y anotando la caducidad de cada una en el prospecto. En principio pensaba llevarlas en mi equipaje, pero eran tantas que tuve que añadir dos maletas. ¡Casi cincuenta kilos! Y aún tuve que dejar otro tanto en Madrid. Me daba pena, pero por otra parte le vendría bien a una comunidad religiosa que habitualmente envía medicamentos a Venezuela. Así no se perderá nada del amor con que tanta gente ha respondido a esta necesidad.
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