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articulo

Persona, relaciones, comunidad

Victoria Gómez

En diálogo con Valentina Gaudiano1 


En el número anterior planteamos cómo «Reiniciar desde la esperanza», cómo «redescubrirnos humanos», y nos concentramos en la persona como punto de inicio desde donde volver a empezar. Esta vez indagaremos adónde nos lleva la persona humana, a qué tipo de relaciones y a lo que estas generan: núcleos de convivencia, comunidades. Un camino ni llano ni obvio que proponemos recorrer. 
Toda persona humana tiene su propio centro, el punto de convergencia de su ser desde el que puede autodeterminarse y crecer, adquirir elementos del mundo exterior y procesarlos2. Esta capacidad de vida interior distingue a la persona humana, ya que estos sentidos internos pueden transformarse en acción abriéndose a los valores. «Lo que decido en cada momento no solo define la estructura de mi vida presente», sino que es importante para lo que «llegaré a ser en mi totalidad»3. Por eso, el ser humano puede y debe formarse constantemente. El mundo individual, de hecho, está siempre sumergido en otros mundos y la experiencia incontenible del otro en la propia vida manifiesta esa característica tan nuestra que es estar abiertos y en relación.
Por naturaleza, el ser humano es miembro de la humanidad, «nacido de la comunidad, en la comunidad y para la comunidad»4. Un encuentro con alguien es una experiencia que involucra nuestro interior y nos lleva a tomar posición: de asentimiento y aceptación, de rechazo y alejamiento, hasta las expresiones extremas de amor y odio. Ahí conduce ese acto de tomar conciencia conocido como empatía, «capacidad de establecer un contacto vital basado inicialmente en un intercambio concreto de energía vital que constituye la base no verbal de la que parte el conocimiento concreto del otro, de sus experiencias, de su contexto socioeconómico, cultural y político, sin prejuicios y sin jaulas mentales»5. La cuestión es que no puedo desarrollarme completamente sin los demás: mi propio yo permanecería oscuro para mí, pues en la medida en que los demás me muestran a mí mismo, me conozco de modo pleno y me realizo. Al mismo tiempo, al ponerme en lugar del otro, al empatizar con sus sentimientos, deseos e ilusiones, capto ese yo potencial que aún no se ha desarrollado en mí. En el transcurso de una vida no llegamos a realizar todas las experiencias que una persona podría adquirir: es en los demás y en la relación con ellos donde podemos encontrar esa realización6. En el proceso empático no se produce ningún tipo de fusión con la otra persona, sino que la experiencia de los demás, que sigue siendo distinta, se convierte también en mía, aunque con una coloración diferente.
 

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