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Tokio 2020 y la fraternidad universal

Javier Lamoneda Prieto (1)

Entre el 23 de julio y el 8 de agosto de 2021 se celebraron las olimpiadas de Tokio 2020 (T20) (2), un acontecimiento mundial marcado por la pandemia. 


Tal vez una de las imágenes que queden para el recuerdo sean esas 68.000 butacas vacías… El mundo globalizado ha visto frenado su apogeo y la capital nipona podría haber perdido cerca de un billón de yenes a causa de la emergencia sanitaria. Esta situación unida al incremento de casos de contagio generó en el país desde el comienzo de los Juegos Olímpicos (JJOO) una situación de crispación social. Pero conviene pararse para analizar en profundidad la relación que han tenido y tienen los JJOO con la fraternidad universal. 
 

Los JJOO, ¿un medio para la paz mundial?

Los orígenes de los JJOO se remontan a la antigua Grecia (776 a.C.-393 d.C). En sus inicios tuvieron carácter religioso y un gran valor cultural y social. Para algunos historiadores contribuyeron a la verdadera unidad del pueblo heleno. Al restablecerse en la modernidad (Atenas, 1896), el barón Pierre de Coubertain intuyó que el deporte podía ser un medio para resolver enfrentamientos internacionales y contribuir a la paz mundial. Pero a pesar de estas grandes aspiraciones, los JJOO han estado sometidos al debate público hasta la actualidad. El olimpismo es, seguramente, un bien ético, pero al mismo tiempo escaparate de una sociedad global y sus grandes intereses asociados, por lo que la participación es una verdadera utopía y la promesa de confraternización mundial se ve gravemente cuestionada por una polarización hacia clases altas, continentes desarrollados, raza blanca, sexo masculino. 

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