Este verano caí casi por casualidad en uno de esos espacios del turismo rural que invitan a disfrutar de la naturaleza: un caudaloso río con buena zona de baño, un arbolado abundante, unas rústicas mesas de losa piedra, terreno para correr y jugar… Todo muy bucólico y refrescante. Todo, menos la basura. Indignante. ¿Por qué cada cual no recoge su mierda y la deposita en el primer contenedor que encuentre? A mí me educaron así, por eso me cuesta entender que otros no lo hagan, que sea una norma de civismo y convivencia. No lo entiendo, la verdad.
Dándole vueltas a mi indignación, procuro ser comprensivo e imagino que hay quien piensa que ya hay personas encargadas de recoger la basura, y si yo recojo mis propios residuos, le estaría quitando su trabajo. Un razonamiento similar me lo hizo un amigo sindicalista cuando, de compras en unos grandes almacenes, yo quería colocar en su sitio la ropa que me acababa de probar: no lo hagas que le estás quitando el trabajo a alguien.
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