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El verano en el arte

Clara Arahuetes


Verano, la época del año donde todos estamos más cerca de la naturaleza y, si queremos, también del arte que podemos contemplar en museos o al aire libre, tanto en espacios urbanos como en parajes naturales formando parte del paisaje. Un ejemplo son las esculturas de Eduardo Chillida, lugares de encuentro que con un lenguaje abstracto mantienen un diálogo con la naturaleza, como El peine del viento en San Sebastián o el Museo Chillida Leku en Hernani, situado en un lugar que cumple el sueño del escultor: «Un día soñé una utopía: encontrar un espacio donde pudieran descansar mis esculturas y la gente caminara entre ellas como por un bosque».
 
El mar, la playa, la piscina, el campo bajo el sol del verano han servido de inspiración a los artistas de diferentes épocas y estilos; y es que la relación arte-naturaleza ha estado siempre presente en la historia del arte. En su origen, la representación de las Cuatro Estaciones transmitía una visión universal del tiempo y la naturaleza, que iba unida a la idea de eternidad divina y se expresaba a través de motivos religiosos, alegóricos o mitológicos. La innovación en este tipo de imágenes se produjo en el siglo XVIII con Goya, en la serie de tapices para el comedor de los Príncipes de Asturias, Carlos IV y María Luisa de Parma en el Palacio del Pardo. En ellos introdujo asuntos de la vida cotidiana contemporánea para representar las estaciones del año. En La era o El Verano (1786) el pintor sustituyó la iconografía tradicional dedicada a la diosa Ceres (una mujer tocada con espigas) por una imagen de su época: los segadores en un momento de descanso después de la cosecha amontonada en gavillas. En la escena, el castillo de la izquierda hace contrapeso con el montón de cereal de la derecha, y ambos limitan el espacio. Se trata del mayor cuadro que pintó Goya y en él aparecen numerosas figuras con rostro individualizado. En el centro, los niños juegan sobre el trigo recogido en el carro, los dos caballos participan del descanso de sus amos y un mozo duerme sobre las gavillas, mientras otro labriego prepara el trigo con el rastrillo para la trilla antes de que estalle la tormenta que sugieren las nubes en el cielo. El colorido, la luminosidad y la alegría en la composición de esta obra y del resto de los cartones para tapices han dado una visión alegre de Madrid, de sus costumbres y sus protagonistas, los majos y las majas.
 

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