Los muchos rostros de la corrupción
En diálogo con Adriana Cosseddu1
Hay silencios que reclaman escucha; son las muchísimas víctimas de políticas y sistemas que surgen de comportamientos ilícitos y sufren un fenómeno de alto coste social y económico. La tragedia de la corrupción, al ser un comportamiento criminal, se produce de modo encubierto, ataca y se expande. Es vieja como la humanidad y sigue con sus tentáculos los caminos de la globalización, se insinúa en el gobierno de la ciudad y en la política, y se convierte en problema legal y cultural: «Es la mentira de buscar el beneficio personal o de grupo bajo la apariencia de servicio. Es la destrucción del tejido social bajo la apariencia de cumplimiento de la ley»2, es robarles a los jóvenes el futuro y la esperanza.
Se habla de una cifra negra, elevadísima, mezcla de intereses de diversa índole a través de intercambio de favores y conveniencias. Se manifiesta con la lógica del intercambio ilícito entre un acto administrativo o de poder, público o privado, y una oferta o prestación de dinero u otra ventaja. Así el funcionario se beneficiará ilícitamente de su función, o instará al ciudadano a pagar. Un fenómeno que llega hasta la corrupción política y empresarial debido a las «relaciones comerciales». Es un pacto sin testigos envuelto en un vínculo de silencio; los sobornos, pagados en las sombras, no son rastreables. Esta es la corrupción burocrática, pero hoy en día la red de intercambios hace perder, además de la confianza, los criterios de honestidad y corrección.
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