Suele ocurrir que lo que un grupo considera como un bien social, otro entiende que es un mal. Cuando se habla de libertad o de justicia, por ejemplo, no estamos dando el mismo significado a esas palabras. Y si bajamos a lo concreto, surgen conflicto entre quienes siguen grandes principios abstractos y quienes en cambio se detienen en solucionar problemas concretos. La polarización en las ideas es como una niebla que impide ver la humanidad del otro, nos cuesta comprender la experiencia sincera de la otra persona, sospechamos que detrás hay una matriz ideológica y que sus intenciones no están claras. Otras veces nos contentamos con una explicación superficial, con un mediocre «final feliz», sin pensamiento crítico, sin ahondar en las fuentes del conflicto social o cultural. Es decir, procuramos evitar todo lo que podría causar desazón, dolor y desacuerdo.
Siendo docente en la Georgetown University de Washington DC, con frecuencia veo tensiones como las que acabo de describir. Los medios de comunicación y la prensa, difundiendo noticias falsas y teorías conspiratorias, refuerzan la idea de que uno no debe fiarse de la otra parte. Y así, distorsionando la realidad, crean dependencia a formas de comunicación extrema. Y la religión también puede ser instrumentalizada para crear división.
Los límites del diálogo
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