Hace algo más de dos años se instaló en nuestro edifico un chico que vino a estudiar a nuestra ciudad. El último verano, con motivo de la pandemia, sus vacaciones se alargaron más de lo habitual y volvió en septiembre para comenzar el curso. Una tarde llamó a la puerta diciendo que no podía arrancar el coche. Lo acompañé y con las pinzas que siempre llevo en mi coche pusimos en marcha el suyo. Al rato llamó de nuevo a la puerta: en el primer semáforo se había quedado parado. Volví a acompañarlo, pero esta vez no había espacio para acercar mi coche, así que llamé a un taller conocido. Media hora después, ya en el taller, le cambiaron la batería y todo solucionado.
Unos días después vino a decirme que no había podido pasar la ITV porque tenía una rueda muy gastada. Quería saber dónde se la podían cambiar, así que opté por acompañarlo con mi coche para que me siguiera y así poder regresar pronto a casa. Solo que no habíamos recorrido 300 metros cuando se detuvo porque la rueda había perdido todo el aire. Aparqué y, empujando, pusimos su coche en la orilla para cambiar la rueda. El chaval no sabía dónde está la de repuesto ni el gato. Nunca lo había utilizado. Tras varias peripecias y llamadas a tres talleres conseguimos cambiar la rueda. Había pensado solucionar su problema en veinte minutos pero acabaron siendo casi tres horas. Al volver a casa, como se había hecho muy tarde, lo invitamos a cenar. Para nada pensamos en la posibilidad de contagio; solo el amor por ese prójimo me movió a prestarle toda mi ayuda… con mascarilla.
Leer más