«Dios es amor»: es la definición más luminosa de Dios, que aparece en la Escritura solo dos veces, y precisamente en este texto: una carta –o quizá una exhortación– que resuena en el cuarto Evangelio. De hecho el autor es un discípulo que testimonia la tradición espiritual del apóstol Juan. Escribe a una comunidad cristiana del siglo i que, desgraciadamente, estaba pasando por una de las pruebas más dolorosas: la discordia, la división, tanto en el plano de la fe como del testimonio.
Dios es amor. Él vive en sí mismo la plenitud de la comunión como Trinidad, y rebosa este amor sobre sus criaturas. A cuantos lo acogen, les da el poder de convertirse en hijos suyos (cf. Jn 1, 12; 1 Jn 3, 1), con su mismo adn, capaces de amar. Y su amor es gratuito, libera de todo temor y vacilación (cf. 1 Jn 4, 18).
Luego, para que se realice la promesa de la comunión recíproca –nosotros en Dios y Dios en nosotros– hace falta «permanecer» en este mismo amor activo, dinámico, creativo. Por eso los discípulos de Jesús están llamados a amarse unos a otros, a dar la vida, a compartir sus bienes con cualquiera que lo necesite. Con este amor la comunidad permanece unida, profética y fiel.
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