Las violentas protestas por la detención del rapero Pablo Hasél, o las provocadas por el mantenimiento o incremento de las restricciones derivadas de la Covid-19 en varios países europeos, o el asalto al Capitolio en Washington han provocado indignación, por un lado, y comprensión y respaldo, por otro. Actos similares se llevan sucediendo por todo el mundo –con menos repercusión mediática en el occidente capitalista– desde hace ya demasiado tiempo.
En un reciente artículo Juan Pagola reflexiona sobre el posible origen de esta violencia, a la que se refiere como impulsiva y desenfrenada, y que define como la punta de un iceberg, cuyo detonante en muchos casos es anecdótico: «una historia particular, un encontronazo nefasto o una pequeña chispa que prende la hoguera (…). Es un fenómeno de carácter multifactorial. Pero en el que se evidencia un profundo malestar y desasosiego. Las causas hay que buscarlas en los índices de paro juvenil, en el despliegue de un ocio desmedido que pretende escapar de una realidad agobiante, en la incapacidad de esta juventud para alumbrar un futuro con proyectos estables de vida, en la soledad a la hora de encontrar apoyos en una sociedad que se preocupa por lo suyo, en la desconfianza en unas instituciones que no están mirando a la ciudadanía sino a sí mismas… Como señala Innerarity1, esta crisis “nos encuentra con un sistema político infradotado de capacidad estratégica, demasiado competitivo, volcado en el corto plazo, oportunista y con escasa disposición a aprender”»2.
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