El consumismo compulsivo es una enfermedad psicológica o anímica, como la crematística que lo sostiene; tiene la engañosa función de tratar de llenar una existencia vacía de sentido, individualista, condicionada por una publicidad omnipresente que destina recursos ingentes y un gran talento desperdiciado en hacernos creer que seremos felices si tenemos más. En consecuencia, nuestra sociedad forma parte del 20% de la humanidad que consume más del 80% de los recursos mundiales, un consumo desmesurado que no nos hace más felices, sino más desgraciados. Nunca hubo tantas personas estresadas, angustiadas o deprimidas como en las sociedades consumistas opulentas.
Es sabido que nuestra felicidad reside en la dimensión más honda del ser, no en la dispersión ni el placer efímero del poseer. Nos ha tocado vivir un mundo extraordinariamente complejo, asustado y contradictorio, donde la globalización y la tecnología, al servicio de una economía especulativa, han hecho posible transportar mercancías y productos de todo el mundo hasta nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo o de esparcimiento, con unos precios muy bajos.
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