La primera lectura que hice del breve articulo sobre la nueva ley de educación, publicado en el número de enero, confieso que me hizo hervir la sangre. Tanto que en ese momento me vinieron ganas de escribir al director de la revista para expresarle mi profundo desacuerdo con casi todo. Pero ahora, teniendo en cuenta que esas páginas de la revista invitan a dialogar, me gustaría compartir con los lectores el porqué de mi primera reacción.
Soy madre de un chico con un 88% de discapacidad intelectual y llevo veinte años inmersa en el mundo de la discapacidad. Mi marido y yo, junto con otros padres de niños con discapacidad, fuimos promotores y fundadores de una asociación y un colegio de Educación Especial, pues en aquel entonces la integración (ahora llamada inclusión) no tenía, ni aún tiene, medios para dar a nuestros hijos lo que necesitan.
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